Cuando se tiene un hijo, muchas veces se echa de menos un manual de instrucciones para saber qué hacer. Además, como los niños van creciendo, lo que te servía en un momento puede quedar caducado y obligarte a reinventarte.


Cuando se tiene un hijo, muchas veces se echa de menos un manual de instrucciones para saber qué hacer. Además, como los niños van creciendo, lo que te servía en un momento puede quedar caducado y obligarte a reinventarte.

Silicon Valley es el epicentro de la innovación tecnológica, la meca de los nuevos inventores. Pero a la vez, y aunque resulte paradójico, también es uno de los núcleos donde con más fuerza florecen las pseudociencias, el pensamiento mágico o, en lenguaje internetero, los magufos.

Hay temas que siempre han estado ahí –la formación de los profesores, la religión, la escuela concertada, el dinero- y otros menos habituales, como la educación en igualdad, la innovación o el papel de la inspección educativa. Estos son algunos de los principales puntos del guion del pacto sobre los que habrá que debatir. Y su explicación en gráficos.

Los niños no tienen que aprender filosofía, son filósofos natos, filósofos de nacimiento. Los que tienen que aprender filosofía son más bien los adultos. Filosofar decía Bertrand Russell es lo que hacen los niños…hasta que sus padres les quitan esa buena costumbre.

Benjamin Franklin, inventor y uno de los Padres fundadores de Estados Unidos, solía levantarse todos los días muy temprano, antes que el resto de su familia. Dedicaba ese tiempo arañado al reloj –una hora al día, los cinco días de la semana– a leer y estudiar, a fijar unas metas de aprendizaje y a reflexionar sobre lo que había aprendido.

“El objetivo del programa debe ser que los niños aprendan y se diviertan, pero si al final solo se premia el sabor, y no otros aprendizajes como el compañerismo, el atrevimiento o la imaginación, los están tratando como adultos y eso es un error” asegura Cristina Barrau, psicóloga infantil.